Por razones demográficas, el apoyo informal es insostenible a medio plazo y más personas precisan respuestas de un dispositivo de cuidados.. Además de esta razón numérica, otra razón se relaciona con las transformaciones, la desaparición de la familia extensa, que proporcionaba asistencia a las personas mayores.
La realidad de las personas mayores en nuestro país, transcurre entre las necesidades de contar con ingresos para subsistir, así como atención oportuna de salud integral, generando fragilidad socio sanitaria y reducción de la Calidad de vida. Si bien se han diseñado e implementado dispositivos de cuidados, no ha sucedido así respecto de la continuidad de los mismos, como así tambien sus ingresos en este grupo poblacional a disminuido, lo cual ha derivado en un empobrecimiento de esta población.
Esta escasez de ingresos tiene que ver en muchos casos con los mínimos ingresos que perciben, así como con la ausencia de actividades productivas, generadoras de ingresos. En los casos en que estas personas realizan actividades económicas, éstas son mal remuneradas, y las oportunidades de contar con un empleo medianamente estable son pocas. Es dable consignar que comienza la fragilidad sociosanitaria.
Las intervenciones, ideas y metodologías deben ser planificadas en torno a cinco componentes importantes en las personas mayores : a) la atención personalizada desde la promoción de la autonomía y la independencia, b) lo privado, lo íntimo y la confidencialidad, c) lo propio y lo significativo, d) las familias y e) el dispositivo y los profesionales. (Rodríguez, 2006, 2010).
El enfoque de un dispositivo de cuidado tiene que ser socio preventivo. Por un lado, intentar prevenir situaciones carenciales que incrementen el riesgo de pérdida de independencia: crear hábitos y estilos de vida saludables con respecto a la higiene, al ejercicio físico, a la alimentación saludable, Autocuidado, prevenir caídas o accidentes en el hogar mediante la utilización de ayudas técnicas; reforzar los vínculos familiares y sociales.
El término “fragilidad” es usado frecuentemente al referirse a personas mayores, pero su definición ha sido difícil de conceptualizar. La definición de fragilidad ha variado a lo largo del tiempo, y fue conceptualizada como: riesgo de “romperse”, aumento del riesgo de morir, susceptibilidad inusual de enfermar, pérdida de la fuerza y la resistencia. Los fenotipos más comúnmente relacionados incluyen: debilidad muscular, fragilidad ósea, desnutrición, riesgo de caídas, vulnerabilidad al trauma, vulnerabilidad a infecciones, alto riesgo de confusión, presión arterial inestable, y disminución de las capacidades.
Globalmente, existen dos enfoques. Por un lado, el que define la fragilidad como un síndrome y, por otro, definiciones de fragilidad relacionadas con una variedad de alteraciones asociadas al envejecimiento, pero en todas hay un continuo que de acuerdo a la capacidad del individuo de mantenerse funcionalmente apto a largo del tiempo, al final de la vida se ven las diferentes expresiones de esa fragilidad.
Todos los dispositivos de cuidados deben enmarcar sus acciones en la Convención Interamericana Sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, particularmente en el art. 24“(…) facilitar que la persona mayor tenga acceso a servicios socio- sanitario integrados y servicios de cuidados domiciliarios que le permitan residir en su propio domicilio conforme a su voluntad”.
Se deben realizar actividades de apoyo psicosocial, técnicas de modificación de conductas y de habilidades sociales, que aumente su autoestima y una vida más activa dentro de sus posibilidades. Dentro de estas actividades se encuentran el apoyo familiar, reforzar la cohesión familiar, incorporar sesiones formativas e informativas.
Los cuidados progresivos permiten al adulto mayor conservar su máximo nivel de autonomía.
Frente a las dificultades o limitaciones de las personas mayores, es fundamental brindar atenciones de acuerdo con las limitaciones y tratar de interferir lo menos posible en la independencia del adulto.
Es necesario personalizar la atención, identificar las particularidades de cada persona y posicionarla en el centro, fomentar su autonómica. Abordar la problemática del envejecimiento desde un “Paradigma Gerontológico que propone pensar a las personas mayores como sujetos de derechos y no, como objetos de atención sanitaria y social” (Roque, y Fassio, 2012:7), demanda tener una visión integral que no recorte a los sujetos de los contextos, de su historia de capacidades, fracasos y de su cultura y, sobretodo, de su comunidad (Kirncher y Vessvessian, 2012: 23).
Las políticas sociales y los programas del envejecimiento reconocen la necesidad de fomentar y equilibrar la responsabilidad personal (el cuidado de la propia salud), los entornos adecuados para las personas de edad y la solidaridad intergeneracional. Al mismo tiempo, se requieren entornos favorables que «hagan que las decisiones saludables sean decisiones fáciles ». (Zolotow, 2010).
Los dispositivos de apoyo constituyen un programa individualizado. Con ello quiere decirse que no deben ser concebidos como una prestación estándar o conjunto de prestaciones homogéneas para aplicar indistintamente a las personas a quienes se dirige. Por el contrario, al considerarlo como un programa, se está afirmando que es preciso planificar de manera individualizada cada caso, para adaptar con flexibilidad los apoyos necesarios a las peculiaridades concretas del ámbito en el que se interviene y de las circunstancias que rodean a cada persona en su contexto familiar o sin red.
Tienen un carácter preventivo y rehabilitador.
Por otra parte, se pretenden recuperar capacidades funcionales perdidas, mediante entrenamiento de habilidades para actividades de la vida diaria, tales como vestirse, andar, asearse, hacer las tareas domésticas, preparación de alimentos. Se orienta al refuerzo de la capacidad de la persona mayor para su comunicación con el exterior, para la realización de actividades lúdicas y recreativas, etc.
Se conjugan tanto servicios como técnicas de intervención, no se trata sólo de proveer determinadas prestaciones o servicios que vienen a aliviar insuficiencias o carencias, sino que también es necesario utilizar técnicas de intervención adecuadas para lograr reinstaurar o, al menos, mitigar la dependencia que se haya detectado.
El dispositivo de cuidado desde la gerontología, es un conjunto de servicios de apoyo sanitario y sociales ,manteniéndolas en su casa el mayor tiempo posible y conveniente, con el fin de mejorar su calidad de vida. Es un programa individual, de carácter preventivo y de rehabilitación, donde se articulan técnicas de intervención profesional consistentes en la atención centrada en la persona. Es una estrategia para la optimización de oportunidades de salud, participación y seguridad en el proceso de envejecimiento.
Cuando hablamos de cuidados integral y progresivo debemos tener una mirada desde la perspectiva de género y diversidad sexual. Promoviendo el trato digno hacia todas las personas respetando el género auto percibido y estableciendo a la identidad de género como un derecho humano.
El desafío consiste en incluir la perspectiva de género transversalmente en las políticas públicas de cuidado,
Por esta razón nos referimos a vejeces y no a vejez ya que consideramos que el proceso de envejecimiento se da de manera diferencial entre las personas. No es lo mismo envejecer siendo hombre que mujer, o siendo transexual. Es decir, el envejeciendo está condicionado de acuerdo al género, la orientación sexual, la clase social, la etnia, la condición de migrantes, etc. La autonomía, el derecho y la capacidad de controlar su propia vida y potenciar su independencia en el desenvolvimiento en la vida diaria.
Las relaciones de las personas con su entorno es una dimensión que no debe olvidarse en las intervenciones gerontológicas. Por el contrario, deben estimularse los contactos externos, tanto con las propias redes sociales de las personas mayores, como con el conjunto de recursos sociales existentes en la zona de su domicilio en el que se está interviniendo.
En la atención a las personas mayores, la apuesta ha de ser clara e inequívoca: un modelo que esté orientado hacia las personas y a su bienestar cotidiano. No sólo a sus necesidades y características, sino a sus derechos, preferencias y deseos. De ahí la importancia del concepto de calidad de vida, como aspecto central y determinante en la definición del modelo de intervención de los servicios de atención personal. La atención centrada en la persona.
El llamado «apoyo informal», constituido por quienes cuidan de manera altruista, pero con un esfuerzo muchas veces desmesurado, de las personas con fragilidad socio sanitaria.
Las propias personas mayores con fragilidad, a quienes se les facilita poder permanecer en su casa y en su entorno durante el resto de su vida, en unos casos, y, en otros, se consigue retrasar el momento de plantearse un traslado de domicilio: a un alojamiento alternativo o a una residencia.
La evaluación de cada persona mayor debe ser desde un carácter dinámico y flexible teniendo presente en un contexto socio-histórico.
Todas las personas han de tener acceso a programas informativo-formativos dirigidos a la promoción de la salud, a la prevención de la dependencia y aquéllas que se encuentran en situaciones de discapacidad, fragilidad o de dependencia a servicios y programas que mejoren su funcionalidad y faciliten su bienestar.
MIEMBROS DEL EQUIPO PARA CONCRETAR EL PLAN DE INTERVENCIÓN
•Trabajador/a social que se encarga del caso. Equipo profesional.
•Enfermero o enfermera del equipo de atención del dispositivo de cuidado. (En los casos en que se requieran cuidados especiales de enfermería).
•Cuidador domiciliario del dispositivo de cuidado que va a llevar a cabo la cadena de cuidados.
•Cuidador/a principal allegado o familiar.
•Persona con fragilidad socio sanitaria.
Las intervenciones desde los servicios sociales no deben sustituir lo que la propia persona pueda realizar ni la contribución familiar. Por tanto, es preciso contar con la colaboración de ambos en la planificación de la ayuda, con el fin de establecer lo que cada uno va a ser capaz de asumir.
De esta manera, la propia persona, como protagonista que es de la acción, debe intervenir activamente en la toma de decisiones que van a afectar a su cotidiano vivir. Para ello, estudiará detenidamente la propuesta de programa y sugerirá los cambios que considere convenientes.
La familia y el resto de los profesionales también opinarán sobre las propuestas que se realizan por el/la trabajador/a social. Todo ello con el fin de obtener así, entre todos, un programa de intervención que resulte realista, adecuado a las necesidades detectadas y elaborado con el máximo respeto a la dignidad de la persona que va a recibir la ayuda.
Impulsar la participación activa de la propia persona y de su familia, por otra parte, la idea de que conseguir los objetivos propuestos concierne a ambas partes de la relación (a los servicios sociales, a la propia persona que va a recibir la atención y también a su familia). Se establece así un acuerdo explícito que, a modo de contrato, vincula a las dos partes del mismo en la consecución de las metas que hayan sido acordadas.
Los profesionales y cuidadores domiciliarios, deben contar con los conocimientos y estrategias suficientes para llevar a cabo una depurada organización del dispositivo, para que sea eficaz en el sentido de responder a las auténticas y completas necesidades que presenta la unidad familiar, tienen que abordar cada situación problemática desde una planificación individualizada e integral de cada caso. En esencia, se requiere:
• Poseer conocimientos generales sobre las características de las personas mayores y de las relaciones familiares.
• Conocimientos sobre las enfermedades y trastornos más comunes que producen la fragilidad socio sanitaria.
• Contar con la suficiente formación práctica para la realización de tareas (trabajo doméstico, movilización de personas discapacitadas, formación en hábitos saludables, cuidados generales y especiales).
• Disponer de estrategias y de habilidades para saber comunicarse con las personas atendidas y sus familiares, así como mantener una actitud de escucha activa y de observación atenta para poder detectar las necesidades no explícitamente formuladas por ellas.
• Ser capaces de valorar las posibilidades de mejora en la prestación, de percibir los cambios durante la prestación del servicio y de trasladar toda esta información al profesional o a la entidad responsable de la gestión del programa.
Pero además de los servicios de ayuda a domicilio, es importante otro grupo de programas que contribuyen decisivamente a que las personas mayores frágiles o en situación de dependencia puedan permanecer viviendo en sus casas, como son los servicios intermedios (centros de día), en los que, además de ofrecer atención y cuidados diurnos, actúan también como programas «respiro» para las familias cuidadoras.
La ayuda que necesita una persona mayor es sobre la tarea específica, no sobre todas. Existen recursos técnicos y humanos para hacer frente a situaciones de apoyo y cuidado. Siempre enfocado desde el cuidado progresivo. En la vivienda se debe tomar precauciones para que sea funcional a las necesidades de a persona.
La fragilidad social, los factores sociales afectan los indicadores de salud, describiéndose la idea subyacente de que la reserva de déficit o problemas que acumula una persona a lo largo de la vida, lo hace más propenso a presentar problemas de salud.
La ayuda que necesita una persona mayor es sobre la tarea específica, no sobre todas. Existen recursos técnicos y humanos para hacer frente a situaciones de apoyo y cuidado. Siempre enfocado desde el cuidado progresivo.
Se debe tener un asistencia integral y tratamiento interdisciplinario, que permita al adulto mantenerse en su ambiente, con sus condiciones funcionales y sociales el mayor tiempo posible, garantizándole una digna calidad de vida.
Desde una mirada integral sobre el ser humano, observamos la coexistencia de diferentes aspectos que funcionan en constante inter – juego como un engranaje y cuando uno se altera, necesariamente, se afectan los demás. Así los tres aspectos: biológico – psicológico y social se relacionan dinámicamente entre sí, creando un sistema. “EL SER HUMANO COMO UN TODO”…
El abordaje integral de la vejez se orienta a lograr un envejecimiento saludable en las personas.
