A partir de un análisis deliberado se identificaron necesidades prioritarias: habitaciones individuales que permitiesen acompañamiento 24 horas en condiciones de intimidad y confort, espacios comunes que facilitasen la socialización y la gestión del estrés, y una mejora del confort ambiental (lumínico, térmico y acústico) para pacientes, acompañantes y profesionales. Para responder a ello se impulsó una reforma integral, con una inversión superior a seis millones de euros, que entiende el espacio como parte del tratamiento y concibe la unidad como un entorno terapéutico para habitar el final de la vida, más que como una mera planta de hospitalización.
En coherencia con las recomendaciones de diseño participativo y colaboración interdisciplinar, se creó una comisión de obras que reunió a dirección, profesionales de la unidad, servicios técnicos y equipo de arquitectura, incorporando además la voz de pacientes y familias mediante la recogida estructurada de sus opiniones y experiencias. Este órgano permitió traducir necesidades asistenciales y emocionales en decisiones concretas de proyecto (dimensión y organización de habitaciones, circuitos, espacios de encuentro y descanso), asegurando que la reforma no se limitara a cumplir requisitos normativos, sino que respondiera a expectativas reales de quienes utilizan la unidad.
La reforma se integra, además, en un proyecto más amplio de humanización que incluye herramientas educativas y tecnológicas, como la guía “Acompañar en los últimos días: dudas, miedos y oportunidades al final de la vida” y el proyecto REVIPAL de realidad virtual, que ofrecen apoyo emocional y momentos de desconexión. Conjunto, estos elementos configuran una unidad que articula espacio físico, acompañamiento relacional y recursos innovadores para aliviar ansiedad, facilitar la comunicación y reforzar la dignidad al final de la vida, situando a la Unidad de Cuidados Paliativos de Santa Marina como referente y modelo potencial para otras unidades de crónicos complejos y cuidados paliativos
En una primera fase de diagnóstico y planificación estratégica se realizó un análisis sistemático de necesidades con profesionales, dirección y representantes de pacientes y familias, identificando áreas de mejora en intimidad, confort, accesibilidad, bienestar emocional y espacios para acompañantes. A partir de este trabajo y de la revisión del Plan de Cuidados Paliativos de Euskadi y de la evidencia sobre entornos terapéuticos se definieron el programa funcional y el pliego de requisitos de humanización que guiaron todo el proyecto.
Paralelamente se constituyó una comisión de obras con dirección, equipo asistencial, servicios técnicos y arquitectura, que actuó como espacio estable de co‑diseño y toma de decisiones, incorporando de forma estructurada las aportaciones de pacientes y familias. Sobre esta base se desarrolló la segunda fase, centrada en el diseño arquitectónico humanizado: distribución de los 1.600 m², definición de las 30 habitaciones individuales y de los espacios comunes (hall, salas para familias, zonas de descanso y reunión clínica), validados en sesiones multidisciplinares para asegurar su coherencia con la práctica diaria, los flujos asistenciales y el confort ambiental.
La tercera fase correspondió a la ejecución escalonada de la obra, durante aproximadamente año y medio, transformando la planta con criterios de accesibilidad universal, confort lumínico, térmico y acústico y seguridad, y realizando revisiones periódicas de calidad en las que la comisión de obras ajustó detalles a las necesidades reales de pacientes y familias. En una cuarta fase, solapada con el final de la obra, se planificaron y pusieron en marcha los componentes de apoyo educativo y tecnológico —la guía “Acompañar en los últimos días: dudas, miedos y oportunidades al final de la vida” y el estudio REVIPAL de realidad virtual— para que estuvieran operativos desde la apertura de la unidad y completaran el ciclo de humanización del entorno.
El proyecto se plantea desde un enfoque centrado en la experiencia de la persona y su familia, que entiende la arquitectura como parte inseparable del cuidado paliativo. La unidad reformada articula tres dimensiones principales: un diseño espacial basado en la evidencia sobre entornos terapéuticos, la creación de espacios específicos para el acompañante y la incorporación de recursos educativos y tecnológicos orientados a aliviar la ansiedad y facilitar la comprensión del proceso de final de vida.
En la dimensión arquitectónica se adopta el marco descrito en “Humanización de la arquitectura e ingeniería sanitarias”, que destaca el impacto de la luz natural, las vistas agradables, el confort acústico y térmico, la accesibilidad y la privacidad en la reducción de la ansiedad. Este enfoque se concreta en 30 habitaciones individuales amplias, con luz natural, buena insonorización, baños accesibles y grúas en techo, diseñadas para adaptarse a las necesidades de cada persona e integrar el confort del acompañante, que puede permanecer 24 horas en condiciones de dignidad y descanso.
El proyecto incorpora además un hall concebido como espacio de socialización y regulación emocional, contrapunto a la zona asistencial más intensiva. Se configura como un lugar amable y polivalente, con zona de comedor, biblioteca, mesas de trabajo con wifi y grandes ventanales al entorno natural, donde se organizan actividades de humanización, y que en los meses cálidos se prolonga hacia una terraza al aire libre y paseos por la naturaleza.
Metodológicamente, el enfoque se apoya en la colaboración interdisciplinar y el diseño participativo: la comisión de obras ha sido el marco estable para traducir necesidades clínicas y emocionales en decisiones sobre distribución, materiales, iluminación, señalización y uso de espacios, incorporando la experiencia de pacientes y familias. Finalmente, se integran recursos no arquitectónicos que completan la experiencia de humanización, como la guía “Acompañar en los últimos días: dudas, miedos y oportunidades al final de la vida” y el proyecto REVIPAL de realidad virtual, de modo que espacio, información y tecnología actúan de forma sinérgica para sostener dignidad, confort y acompañamiento al final de la vida.
En la fase arquitectónica se transformó la tercera planta del hospital, creando una unidad asistencial única en Osakidetza, dotada de camas con colchones antiescaras de última generación y, en ocho de ellas, sistemas inteligentes telemonitorizados de prevención de caídas. Las habitaciones se diseñaron con colores claros y madera, de acuerdo con la literatura sobre entornos terapéuticos, para favorecer sensaciones de calidez y bienestar, y se completaron con espacios comunes de estilo nórdico, zonas de reunión clínica con privacidad y áreas de descanso para profesionales, así como una terraza al aire libre en periodo estival que amplía la conexión con la naturaleza.
La integración de criterios de confort ambiental fue rigurosa, con especial atención a la iluminación natural y artificial regulable, la climatización que equilibra los requerimientos técnicos con el confort térmico, la acústica mediante materiales absorbentes y el aislamiento de equipos, y la accesibilidad universal para pacientes con movilidad reducida, acompañantes y profesionales. En paralelo a la obra se desarrollaron los componentes clave de apoyo a pacientes y familias: la guía “Acompañar en los últimos días: dudas, miedos y oportunidades al final de la vida”, elaborada mediante revisión de literatura, análisis de preguntas frecuentes y validación interdisciplinar y con cuidadores, y el proyecto REVIPAL, con protocolos de selección de pacientes, sesiones de realidad virtual, medidas estandarizadas de resultado y formación específica del personal.
En los meses previos a la inauguración se llevó a cabo una puesta en marcha gradual: se activaron progresivamente las nuevas habitaciones, se testaron los circuitos de admisión, visitas, coordinación interna y uso de espacios comunes, y se recogió feedback sistemático de profesionales, pacientes y familias para introducir ajustes finos en señalización (señalética en ambos idiomas oficiales y cuidando la accesibilidad –tamaño de fuente, braille y alto relieve…-), organización de espacios, horarios y condiciones del hall. Esta puesta en marcha cuidó la alineación entre lo construido, los protocolos asistenciales y la cultura de humanización del hospital, consolidando un modelo de funcionamiento estable desde el inicio de la actividad en la nueva unidad.
Paralelamente se desarrolló un plan de formación y sensibilización para todos los profesionales implicados, orientado a alinear el uso de los nuevos espacios con los valores de humanización del hospital, abordando tanto aspectos prácticos (manejo de la unidad, flujos, criterios de uso de la VR, integración de la guía, utilización del hall y la terraza) como relacionales (comunicación en situaciones de alta carga emocional, respeto a la intimidad, autocuidado profesional). La apertura se realizó por fases, aumentando de forma escalonada el número de camas operativas y ajustando recursos según la demanda, mientras se recogía feedback sistemático de pacientes, familias y profesionales sobre confort, acompañamiento 24 horas, uso del hall, utilidad de la guía y de la VR, y funcionamiento de los circuitos, lo que permitió introducir ajustes ágiles en la organización de espacios y protocolos.
El despliegue se acompañó de acciones de comunicación interna y externa que posicionan la unidad como referente en humanización de cuidados paliativos dentro de Osakidetza y del Sistema Nacional de Salud, con una inauguración institucional de alta visibilidad mediática que reforzó el sentido de pertenencia de los equipos y el interés de otros centros por conocer el modelo. Una vez abierta la unidad, la comisión de obras dio paso a un esquema estable de gobernanza clínica y de humanización que revisa periódicamente uso de habitaciones y espacios comunes, experiencia de pacientes y familias y resultados del proyecto REVIPAL, impulsando mejoras continuas y manteniendo vivo el alineamiento entre diseño arquitectónico, práctica asistencial y principios de humanización.
Desde la perspectiva de pacientes y familias, los primeros testimonios destacan un entorno percibido como “menos hospital y más hogar”, con posibilidad real de acompañamiento día y noche en condiciones de privacidad, y un hall que funciona como espacio de vida, socialización y descarga emocional. La guía “Acompañar en los últimos días: dudas, miedos y oportunidades al final de la vida” se valora como apoyo concreto para entender el proceso, reducir la incertidumbre y legitimar el autocuidado del cuidador, complementando el acompañamiento profesional.
En cuanto a la innovación tecnológica, el proyecto REVIPAL ha introducido la realidad virtual como herramienta de apoyo emocional en pacientes seleccionados, con resultados preliminares prometedores en relajación, mejora del estado de ánimo y alivio transitorio de la ansiedad, ampliando el abanico de intervenciones no farmacológicas sin sustituir el vínculo humano. Para los equipos, la nueva unidad ha supuesto una mejora tangible en condiciones de trabajo, organización de circuitos y coherencia institucional, en un entorno que refleja los valores de humanización del hospital. La certificación HUMANS A+ del complejo y la inauguración institucional han reforzado el orgullo de pertenencia y el compromiso con la mejora continua, consolidando a Santa Marina como referente en entornos terapéuticos para el final de la vida.
Entre los mecanismos de evaluación destacan la recogida sistemática de feedback de pacientes y familias sobre confort, intimidad, accesibilidad, acompañamiento 24 horas y utilidad del hall, la terraza y otros espacios comunes; encuestas internas de satisfacción y bienestar profesional; y el seguimiento específico del estudio REVIPAL, con medidas estandarizadas de ansiedad y estado de ánimo antes y después de las sesiones de realidad virtual. Estos datos permiten ajustar de forma ágil el uso de los espacios y los procedimientos asistenciales y de acompañamiento.
La revisión del proyecto se articula a través de la comisión de humanización y de las comisiones clínicas de cuidados paliativos, que analizan la información y proponen cambios concretos. Se revisa específicamente el papel del hall como espacio de socialización y descompresión emocional y el confort del acompañante en las habitaciones, evaluando no solo la funcionalidad técnica, sino también el impacto emocional de los espacios, de modo que la unidad evolucione como un entorno terapéutico vivo, capaz de incorporar nuevos aprendizajes y evidencias.
Un elemento especialmente innovador es la consideración explícita del acompañante como usuario central del entorno: las habitaciones se diseñan para posibilitar su presencia 24 horas en condiciones de comodidad y descanso, y el hall se concibe como un auténtico “espacio de vida”, polivalente, conectado con la naturaleza y ampliado en verano con terraza y paseos al aire libre, lo que supone ir más allá de las reformas estructurales habituales.
En el ámbito educativo, la guía “Acompañar en los últimos días: dudas, miedos y oportunidades al final de la vida” se ha desarrollado con metodología rigurosa y validación con cuidadores, y se integra operativamente en los circuitos de la unidad como herramienta de acompañamiento que estructura la comunicación y refuerza el autocuidado, una combinación poco frecuente entre diseño arquitectónico y recurso educativo basado en evidencia. Por último, la integración del proyecto REVIPAL y del uso de realidad virtual en una unidad de paliativos representa una innovación relevante a nivel estatal, al explorar con diseño de investigación el potencial de experiencias inmersivas para aliviar malestar emocional, anclando la tecnología en un entorno físico humanizado y en un modelo de cuidados relacionales que sitúa a Santa Marina en una posición pionera y replicable dentro del Sistema Nacional de Salud.
En el plano institucional, la inauguración de la unidad, presidida por el lehendakari junto con el consejero de salud y la dirección general de Osakidetza, ha tenido amplia difusión en medios de comunicación y canales corporativos, visibilizando el valor de la arquitectura humanizada, del hall como espacio de vida y de los recursos educativos y tecnológicos asociados, y favoreciendo que la ciudadanía identifique la humanización de espacios como elemento central de la calidad asistencial al final de la vida.
Además, el equipo de Santa Marina está incorporando los resultados y aprendizajes del proyecto en jornadas, congresos y foros de humanización, cuidados paliativos y arquitectura sanitaria, y prevé la publicación del estudio REVIPAL y de la experiencia con la guía “Acompañar en los últimos días” en revistas científicas y plataformas de buenas prácticas. La unidad se ofrece también como espacio de visita y aprendizaje para otros equipos, de modo que la divulgación se concreta en acompañamiento a profesionales y organizaciones, reforzando el papel de Santa Marina como nodo de referencia en entornos terapéuticos para el final de la vida.
En el ámbito arquitectónico, los principios aplicados son extrapolables a otras unidades de paliativos, crónicos complejos o media y larga estancia: habitaciones individuales que permiten acompañamiento 24 horas con confort para el acompañante, espacios comunes polivalentes tipo hall como zonas de socialización y regulación emocional, e integración de luz natural, vistas a la naturaleza, confort ambiental y accesibilidad universal, modulables según superficie y número de camas. La guía “Acompañar en los últimos días: dudas, miedos y oportunidades al final de la vida” es por sí misma un recurso transferible, basada en evidencia, validada con cuidadores y de interés profesional, utilizable en hospitales, atención domiciliaria y recursos residenciales con mínimas adaptaciones.
En cuanto a la realidad virtual, el estudio REVIPAL ofrece un marco metodológico replicable para incorporar esta herramienta en cuidados paliativos y otras áreas con alta carga de ansiedad y malestar emocional, aportando experiencia en selección de pacientes, logística, contenidos, seguridad y evaluación de resultados, y un modelo escalable adaptable a distintos recursos tecnológicos. El reconocimiento del Hospital Santa Marina con la certificación HUMANS A+ refuerza su papel como nodo de referencia para acompañar procesos de cambio en otros centros, ofreciendo un conjunto de prácticas exportables (comisión de obras, centralidad del acompañante, hall como espacio terapéutico e integración de recursos educativos y tecnológicos) que pueden guiar proyectos de reforma o nueva planta.
